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Cuando volviera a Buenos Aires, le diría a Iván que me pague todos los gastos que hice en este viaje. Me había insistido tanto en que la fauna de Corrientes era ideal para sacar fotografías, que creí que lo más sensato que podía hacer era subirme a mi viejo auto y manejar hasta ahí.

    Los controles en la ruta fueron temibles. Horas de demoras y de presentar mi documentación a cada agente, que se encargaban de analizar minuciosamente mis datos y me interrogaban una y otra vez por los motivos del viaje. Odiaba como pronunciaban mal mi apellido, pero a pesar de todo, pude llegar a Corrientes.

    Era un lugar caluroso y lleno de moscas, con una fauna que, si bien lograría darme buenas fotos, no sería capaz de darme algo que me hiciera reconocido en el circuito de fotógrafos que se estaba gestando en Buenos Aires.

    Saqué pocas fotos antes de llegar a un gran almacén, que también tenía un bar. Algo típico de las provincias del interior, o eso me habían dicho. Poca gente joven sentada tomando algo y un puñado de personas que deambulaban por la parte del almacén haciendo compras. Pasé por al lado de una muchacha de pies descalzos que olía muy bien y miré a unos ancianos que jugaban a las cartas mientras compartían unas botellas de vino.

    Me acerqué a la caja y pedí una cerveza. Una joven de piel morena, que debía ser la hija de los dueños del almacén, me dijo que tomara asiento, que me la llevaría.

    Me senté y un chico pasó corriendo desde el fondo del lugar, tenía los pies descalzos y llevaba una remera blanca rasgada, la mitad de su cara parecía haber sido quemada. Pobre pibe, pensé. Aun así, él mantenía una sonrisa de felicidad que observé mientras se marchaba del lugar. El chico parecía ser conocido de todos, ya que nadie se volteó para observarlo o decirle algo. Solamente un hombre lo saludó al verlo marcharse. Ese hombre estaba vestido como si fuera un cura de los que hacen las misas norteamericanas, un priest, diría Iván.

    Apoyé mi bolso sobre la silla, y saqué el cubre lente de mi cámara. Quería preguntarle al hombre si me permitía sacarle unas fotos, pero al voltear, ya se había marchado.

    Me serví en el vaso y tomé un trago de cerveza. Me quedé pensando en que es lo que iba a hacer, cuando la muchacha que estaba eligiendo frutas se acercó a mí. 

    Jabón de jazmín, a eso olía. Verla de frente, fue algo inesperado, su vestido dejaba ver unas piernas preciosas. Su cuerpo parecía haber salido de la fantasía de algún explorador que descubrió América y su cara, era el de una diosa de la India, si las diosas de la India usaran aritos con forma de calavera y collares con distintos tipos de cruces. 

    —Hola —dijo ella, con una voz dulce.

    —Hola —dije y añadí—. ¿Te gustaría un poco de cerveza?

    —Si —dijo ella, tomando asiento y agarrando mi vaso para llevárselo a los labios.    

    —Soy León.

    —¿León?

    —León Watzky.

    —Watzky —dijo ella en una pronunciación perfecta. ¿Es polaco?

    —Si. ¿Vos cómo te llamas?

    —Tabi.

    —¿Solo Tabi?

    —Si —dijo ella riéndose—. Solo Tabi.

    —Un placer conocerte Tabi.

    —¿Qué lo trae a Corrientes señor Watzky?

    —Soy fotógrafo.

    —¿Y vio algo interesante? —dijo inclinándose hacia la cámara.

    —Si —dije observando el escote de su vestido, y añadí—. El sacerdote norteamericano, pero lamentablemente se marchó.    

    —¿Sacerdote Norteamericano?

    —Si, el que estaba cerca de las heladeras.

    —Ah, Lorenzo.

    —Supongo.

    —Si le gusta ese tipo de estilo tendría que acompañarme a Colonia Camila.    

—¿Colonia Camila? —pregunté extrañado, porque ese lugar no aparecía en ningún lugar turístico de Corrientes.

    —Si. Ahí estaba la antigua capilla de Lorenzo.

    —No soy de fotografiar edificios, soy más de paisajes.

    —Una lástima, porque es una capilla extraña, tiene unos detalles increíbles que recuerdan a lo mejor del realismo gótico europeo. Hay noches, que algunas personas que siguen con la tradición del señor Lorenzo. Hacen ceremonias y la imagen es mágica. Como si todo formara parte del paisaje.    

—¿Colonia Camila tiene algún hotel o residencia? —dije pensando más en conocerla a ella. 

    —No, pero mi casa es muy grande. Puede dormir ahí señor Watzky.

    —No, no quiero ser una molestia.

    —Mi cuñado es polaco. Todos ustedes son tan respetuosos, debe ser algo de la sangre. Si yo lo invito, es porque no creo que sea una molestia señor Watzky.

    —Podes llamarme León —dije sirviendo más cerveza en el vaso.

    Tabí sonrió y se tomó todo de un solo trago. Se levantó de la mesa, para dirigirse a pagar las compras y luego me hizo un gesto para que la acompañara.

    No lo pensé mucho y acepté la invitación. Fui a la barra donde pagué la cerveza y me marché junto a Tabi. La mirada recriminadora de los viejos nos siguió hasta que salimos del bar – almacén.

    Ella se subió a su camioneta. Un modelo europeo, que no esperé ver por estos lados, yo me subí a mi coche y empezamos nuestro viaje hasta Colonia Camila.

    Mientras avanzábamos a la casa, observé a las personas que parecían estar en una peregrinación. Todos caminaban vestidos de blanco y me pregunté si no tendrían calor al caminar bajo este sol.

    En el camino nos encontramos con otro control de las fuerzas de seguridad, pero para nuestra suerte no estaban parando gente. Seguimos andando hasta llegar a una gran casona colonial.  Estacioné el auto al lado del de Tabi y ella se acercó para preguntarme que me pareció el viaje en ruta.

    —Bien. Estuvo bien, tuve un poco de miedo con el control, que raro que no nos detuvieran.

    —Tranquilo. Mi papá tiene contactos importantes, jamás se atreverían a molestarme a mi o a alguno de mis invitados —dijo Tabi sin darle mucha importancia.

    —¿Sabes por qué es la peregrinación?

    —¿Peregrinación? 

    —La gente en la ruta, que estaba toda vestida de blanco.    

—Ah, si —dijo Tabí, esbozando una sonrisa, mientras abría el baúl para sacar sus compras—. Se están preparando para la gran fiesta. La fiesta de la capilla.

    —Bien —respondí intentando parecer animado, mientras ayudaba a Tabi a sacar las compras. 

    El día transcurrió de una manera soñada, con solo entrar en la casa y dejar las cosas sobre la mesa, Tabi me habló un poco sobre su cuñado y como nos parecemos, mientras me servía un buen vino y luego se abalanzó sobre mí. Estuvimos juntos sobre la cama hasta que se hizo de noche y Tabi me pidió que me bañara y me vistiera que teníamos que ir a la capilla. Y que no olvidara la cámara. 

    Me bañé con tranquilidad y luego me vestí. Me puse unos Jeans y una remera blanca, ya que Tabi llevaba puesto un hermoso vestido blanco y agarré mi cámara junto a unas baterías de respaldo. Subimos al auto de Tabi y ella se encargó de manejar hasta la Capilla.

    Llegamos antes de que comenzara la fiesta y pude ver la capilla, un poco venida abajo. La madera había envejecido en un marrón medio anaranjado, cubierta de plantas y enredaderas. Tabi quiso mostrarme el interior de la capilla y accedí. 

    La capilla por fuera, daba una ligera sensación de peligro, pero adentró daba una sensación desagradable. La estatua de la virgen ubicada en el fondo del lugar era muy extraña, parecía que el rostro de la mujer estaba sufriendo un dolor inconmensurable. 

    —Que virgen más siniestra. 

    —Dicen que Lorenzo se basó en el rostro de su mujer, cuando esta murió dando luz. 

    —Eso es macabro Tabi. 

    —Si —dijo ella en un tono divertido. 

    Los vitraux tenían la misma imagen de un ángel con rostro enfadado. Los bancos de madera, tenían en sus costados unas flores de hojalata, algo que no había visto jamás en una iglesia. Pero lo que más me desagradaba, eran los chicos que estaban tallados en las paredes del lugar, chicos de cabezas desproporcionadamente grandes y piernas retorcidas bailando alrededor de fogatas, jugando con dragones y víboras. Mujeres desnudas que tenían la cintura cubiertas por serpientes. Y entre cada imagen, los rostros alucinados de sapos. 

    —¿Por qué tantos sapos? —pregunté. 

    —Porque son una plaga. La imagen es una representación del juicio final. ¿No te gustaría sacar fotos? 

—Por el momento no —y al ver la mueca de decepción de Tabi, añadí—. La iluminación no es muy buena. 

—Bueno, podemos esperar a que enciendan las luces —dijo Tabi sonriendo—. ¿Vamos al auto a fumar 

—Dale.

    Entramos al auto y Tabi armó un cigarrillo, con lo que según ella eran unas flores especiales. Fumamos y luego lo hicimos en el auto de una manera frenética. Debimos perder la noción del tiempo, ya que al bajar del auto era de noche y la capilla estaba iluminada. 

    Ahora que la veía, me di cuenta que Tabi no mentía.  Las plantas que cubrían parte de la capilla parecían lazos de fuego quemando el lugar, los vitraux parecían tener vida y que el ángel en ellos se levantaba. Tomé la cámara y disparé varias veces. Sentía que estaba retratando un incendio forestal de rasgos apocalípticos. 

    —Vamos León. Hay que sacar más fotos —dijo Tabi tomándome de la mano y llevándome hasta el lugar. 

    Mientras Tabi me llevaba, me di cuenta que me costaba caminar, lo que habíamos fumado había sido algo muy fuerte. Me costaba respirar, y sentía que iba a desmayarme en cualquier momento. 

    Entramos cuando el padre Lorenzo estaba cantando una canción que no podía terminar de entender. La gente toda vestida de blanco cantaba la canción y me miraban. Al ver mi cámara se reían. Yo me reía. 

    —Dale León —dijo Tabi impaciente. 

    Saqué la cámara y empecé a fotografiar el lugar y a la gente. Con cada flash, mi cerebro imaginaba cosas terroríficas. Fotografiaba a la gente, y creía ver que, a cada uno de ellos, le faltaban cosas. Ojos, manos, piernas, dientes, la mitad del cráneo. Pero cuando cerraba mis ojos y los miraba sin el lente, estaban bien, riéndose y saludando a la cámara. 

    —León, la virgen —dijo Tabi señalando la estatua. 

    Apunté y disparé con el flash, de lo que ahora parecía ser una virgen pariendo, con las maderas iluminadas que parecían ser sangre y uno de los niños de cabeza deforme que no había visto antes, ubicado bajo de ella, que parecía estar saliendo de su interior, a punto de caer en la boca de una gran serpiente. 

    Saqué fotos hasta escuchar unos disparos, que aterraron a todos los que estaban ahí adentro. 

    —Tabi tenemos que irnos —dije preocupado. 

    Pero ella me tomó de la mano y me dijo que teníamos que quedarnos. Que los disparos venían de un campo alejado y que, aunque no lo parecería, esto era algo común, solo que los congregados les temían a los militares. Pero yo no pude seguir fotografiando. El miedo hizo que mis piernas se vencieran y caí en el suelo, viendo a las personas correr del lugar, hasta que de repente no pude ver nada más. 

    Desperté en la casa de Tabi. Había dormido en el sillón y en la mesa que estaba frente mío estaba la cámara. La agarré pensando un poco en las fotografías que había sacado y sonreí pensando en que había logrado conseguir una obra superior a lo que cualquiera de esos snobs porteños podría hacer en su vida.

    —Buenos días —dijo una señora, que tenía una escoba en la mano. 

    —Hola —dije levantándome del sillón—. ¿Tabi está por acá?

    —La señora se fue a una reunión —dijo y saco de su bolsillo un sobre—. Dijo que por favor envié las fotos a esta dirección. Adentro, hay plata para pagar el revelado de las fotografías y plata extra por sus servicios.

    —¿No hay chance de poder hablar con ella? —pregunté un poco molesto.    

—La señora tuvo que ir a ver a sus familiares.    

—Está bien —dije y salí de la casona.    

Me subí al auto y me alejé de Colonia Camila, por la misma ruta por la que llegué, cuando iba manejando vi un cartel que no había prestado atención antes, era una flecha que tenía escrito “La Capilla Del Diablo Fundada en el año 1677 por Lorenzo Fausto”.    

No sé por qué, pero un escalofrió recorrió mi cuerpo. La fecha debía estar mal, o tal vez era un truco para atraer a los turistas. Seguí manejando y poco me importó luego Colonia Camila, o Tabi, o la capilla. Solo podía pensar en revelar las fotografías.

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Sr. Gull

 Mientras luchaba intentando separar la pierna izquierda del muslo del señor Aguirre con una sierra, David Gull sonríe y tararea la canción “Penumbras” de Sandro.
    
    Ya había separado los brazos y la pierna derecha. Los miembros, ahora se encontraban en una heladera portátil de color azul, ubicada a un costado de la mesada.
    
    Estaba en la cocina de la familia Aguirre. Al lado de la heladera azulada se encontraba una heladera de color rojo, que contenía los restos de la señora Aguirre.
    
    Finalmente, el miembro cedió a la fuerza. Tomó la pierna y la guardo junto al resto de los miembros amputados. Tomó el cuchillo de carnicero y abrió el pecho.
    
    Al igual que un carnicero separa un pollo para vender, él rompía las costillas, mientras se meneaba al ritmo de “Rosa”.
    
    —Este tipo sí que tenía buen estado —. Observó una voz dentro de su cabeza.
    
    Al terminar con la caja torácica del fallecido, se acercó al escritorio que había cubierto cuidadosamente con telas, para evitar que la sangre dejara alguna evidencia incriminadora, colocó cuidadosamente el cuchillo y agarró el hacha.
    
    Sacó el celular del bolsillo y puso a reproducir “por una cabeza” de Carlos Gardel.
    
    —Espero algún día termines con el asuntito este de poner siempre el mismo tema cuando estas por decapitar a alguien —dijo nuevamente la voz de su cabeza.
    
    —Es algo cabalístico—respondió en voz alta, mientras el hacha descendía para separar la cabeza del cuerpo.
    
    Una vez finalizada la tarea de guardar el cadáver, miró el reloj.  La una de la madrugada. Aun tenia tres horas de tiempo libre antes de ir a la draga de la ciudad, donde podía tirar los cadáveres al mar.
    
    Una ciudad como Mar Del Plata, es ideal para el arte de matar.  Al tener un gran margen de desocupación, es poco probable que encuentres mucha gente en la calle a las cuatro de la mañana que se interpongan en tu camino para deshacerte de un cadáver. Y dado a las maldades convertidas por los militares, si algún día un cuerpo era encontrado, había muchas chances de que adjudicaran el cadáver a un desaparecido.
    
    Mientras limpiaba sus utensilios, Gull creyó escuchar el llanto de un bebé que provenía de una habitación. Intentó ignorarlo, pero cada vez se hacía más fuerte.
    
    —Esto es imposible —se dijo a sí mismo—. Ellos no tienen un hijo.
    
    Se encaminó hacia el cuarto donde provenía el llanto, esperando encontrarse un televisor prendido o en el peor de los casos un fantasma. Abrió la puerta, para encontrarse que, en una habitación decorada de manera minimalista, había efectivamente una cuna, con un bebé.
    
    —¿Qué clase de broma dantesca es esta? —preguntó.
    
    Los había estado vigilando por un mes. En ningún momento vio entrar una niñera y ambos partían de su casa por periodos de seis horas al día.
    
    Se puso a revisar la habitación, para poder encontrarle un sentido a esto.
    
    Encontró entonces el acta de nacimiento de la criatura. Sasha Aguirre. Efectivamente el infante regordete, pálido, con el pelo rubio asomándose por su cabeza, que apenas superaba el año de edad era el hijo de los Aguirre.
    
    —¿Qué clase de infeliz deja a su hijo solo por seis horas diarias? —. Dijo Gull—. Y más importante ¿Qué clase de hijo de puta le pone Sasha a su hijo?
    
    Se encontraba ante un gran problema. Jamás había matado a un niño, es algo que no deseaba hacer, inclusive, era una de las condiciones que imponía a la hora de ser contratado como asesino pago. No tomaba casos que involucraran que algún niño pudiera salir perjudicado en la transacción del negocio.
    
    —Tenes que hacer una excepción esta noche. Si no asesinas a este niño, morirá de hambre antes de que alguien se de cuenta que la casa esta deshabitada y esto hará que la policía esté en alerta —dijo la voz en su cabeza de una manera más que convincente.
    
    —No puedo hacer eso —contestó indignado—. Tiene que haber otra alternativa, déjame pensar.
    
    Mientras pensaba en que hacer con la vida del pequeño Sasha, inconscientemente lo alzó en sus brazos para calmar el llanto y lo llevó a la cocina.
    
    Esperaba encontrar comida para bebés, pero lo único que pudo conseguir fue papilla y leche en frasco. No había silla para bebés en la cocina, así que cargo con el bebé hasta el garaje, donde se puso a buscar en las camionetas de ambos una silla donde pudiera sentarlo.
    
    La encontró en el baúl del auto del padre, la llevó hasta la cocina sentó al pequeño y empezó a darle de comer.
    
    —¿Qué mierda crees que estás haciendo? —preguntó la voz en su cabeza.
    
    —¿Qué mierda crees que hago? Le doy de comer —contestó como si se hubiera hecho la pregunta más tonta del mundo.
    
    —Si puedo verlo, estás alimentando a un futuro cadáver —dijo la voz.
    
    —Estuve pensando y seguro puedo dejarlo en algún lugar donde lo encuentre una familia —dijo intentando convencerse de que era una salida más que viable.
    
    —¿Familia en 2018? Estúpido. Ese concepto murió. Hoy en día los únicos que tienen bebés son los adolescentes estúpidos que traen criaturas al mundo a causa de la mezcla de ignorancia y hormonas. La gente de treinta como vos, está sacándose fotos con el celular subiéndola en redes sociales y pensando a quien se van a coger hoy o donde van a ir con su miserable sueldo de vacaciones por catorce días. Nadie va a adoptar a un bebé que dejes tirado en la puerta de su casa.
    
    Su lado racional tenía razón, pero aun así no podía dejar de buscar otras alternativas en su mente. El bebé Sasha lo miraba y le sonreía. No tenia el estomago para matarlo, este había sido su error. Si hubiera investigado bien podría haber actuado un día que el muchacho hubiera estado en otro lugar o haber rechazado el trabajo.
    
    No fue así y ahora sus padres se encontraban en unas heladeras portátiles para hacer un ultimo viaje hasta su tumba acuática.
    
    —De verdad —dijo en voz alta—. ¿Qué clase de infeliz no es capaz de contratar una niñera o llevar a su hijo a lo de algún familiar?
    
    El reloj marcaba las tres de la mañana y las heladeras ya se encontraban arriba de la camioneta del señor Gull, sorprendentemente también el pequeño Sasha ahora rebautizado Max (diminutivo de Máximo) que ocupaba un lugar al lado del acompañante.

    Al encender la camioneta su voz racional volvió a hablarle.
    
    — ¿Qué crees que haces con el bebé en la camioneta?
    —No puedo dejar al pequeño Max acá. Ya veré donde dejarlo
    —¿Max? Estás loco. Su lugar es en el fondo del océano con sus padres y vos perdés el tiempo y arriesgas tu vida, por un bebé—gritó la voz.
    
    David Gull, intentaba no escuchar las quejas de su lado más racional, mientras manejaba por la Avenida de los Trabajadores, camino a la Draga.
    
    Intentaba pensar que persona que el conociera seria capaz de cuidar a Max, pero era imposible. No había nadie en la lista de conocidos con intenciones de criar a un bebé. Además, no sabía que historia inventar para explicar de dónde había salido él pequeño.
    
    Frenó en la estación de servicio, que se encontraba en Juan B Justo y Avenida de los trabajadores, para cargar nafta y comprar cigarrillos. En la televisión, las noticias comentaban sobre el excelente trabajo que hacia la casa del instituto san Antonio María Gianelli para los niños abandonados de la ciudad.
    
    Por un breve instante creyó encontrar la solución al dilema de Max, hasta que su lado lógico habló:  
    
    —Brillante idea Sherlock, dejas al niño en una iglesia y lo mas probable que a los quince años ya allá sido victima del amor de los hombres de dios.
    
    La Iglesia quedaba descartada como opción.
    
    Se subió a la camioneta y decidió poner un playlist de música tranquila. Manejó hasta pasar la base militar y se encontró con el contacto que siempre le daba vía libre.
    
    Estacionó la camioneta en el lugar de siempre y empezó a vaciar las heladeras en el mar.  
    
    Una vez terminada la labor solo quedaba algo por hacer, levantó al pequeño y se acercó al risco.
    
    La caída debería matarlo, solo necesitaba soltarlo.  El bebé le sonreía sin sospechar el destino trágico que estaba acechándole.
    
    —Vamos pequeño Max, dame una señal de que cometo un error si te dejo caer—dijo Gull
    
    El niño seguía sonriéndole. Su lado razonable había ganado, tenia que dejar caer al bebe y lo hubiera hecho sino fuera porque el estéreo empezó a reproducir “Father And Son” de Cat Stevens.
    
    En ese momento se aferró al muchacho y lo llevó de nuevo al auto, su voz racional no tardo en hacerse escuchar:  
    
    —¿Tu señal es una canción que habla de un padre y su hijo? —le preguntó frustrado
    
    — ¿Cómo explicas que sonara justo ahora? —preguntó Gull
    
    —Reproducción aleatoria infeliz.
    
    —Da igual, el niño se queda —dijo decidido.
    
    Y cantando a todo pulmón se alejó de la draga con el pequeño.




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Tres Gatos y un Perro

    Era una tarde lluviosa. Mi amigo Alejandro y yo estábamos sentados en el sillón de su pequeña casa ubicada en el bosque Peralta Ramos.
   
    Hablábamos de series y cosas personales, hasta que un ruido nos hizo voltear hacia el ventanal de su comedor. Nos percatamos de que uno de los tres vidrios del ventanal, se había roto.
    
    El daño no había sido producto de un viento fuerte, tampoco de algún granizo (no granizaba) pero, aun así, el vidrio que antes estaba intacto ahora exhibía lo que parecía ser un arañazo. Cómo si una criatura hubiese intentado entrar por ahí, utilizando sus garras.
    
    Alejandro se puso pálido. Se quedó quieto por unos instantes y luego me ofreció café, intentando que yo no me percatara de lo que había pasado.
    
    Sabía porque actuaba así. En una ocasión me confesó que la casa de sus padres estaba embrujada, y él era el único que padeció lo que fue crecer siendo acosado por lo que él llamaba “entidades”.
    
    Las “entidades” le habían hecho la vida imposible. Al punto que, al cumplir trece años, tuvo que elegir entre mentirle a sus padres respecto a lo que veía o ir a un psiquiatra para medicarse.
    
    Algunas noches, se trataba de un hombre pelado con la ropa llena de sangre, que se quedaba parado en la puerta de su pieza. Otras noches, era la figura de una anciana que se sentaba sobre su cama e intentaba quitarle las frazadas. Pero lo peor para él, fue la noche que algo le arrojó un peluche y cuando observó donde había caído el peluche, se encontró algo que no quiso describirme.
    
    Confieso que la primera vez que me lo contó, también creí que estaba exagerando.
    
    Pero con el tiempo la literatura me llevó al punto de querer creer que había algo más de lo que me mostraban mis ojos.
    
    Aprovechando el incidente del vidrio, tomé mi oportunidad para conocer más sobre lo que mi amigo había vivido por más de treinta años.
    
    —Ale —dije, como pidiendo permiso—¿Qué crees que quiso romper el vidrio?
    
    Alejandro, me miró a los ojos estudiándome. Buscando en mis palabras, en mi postura, en mi manera de mirarlo, si había algún atisbo de burla escondida en mi pregunta.
    
    —Él —dijo finalmente, al comprobar que le creía.
    —¿El pelado?
    —No, es algo peor. Es una bestia.
    
    Lo miré incrédulo. Alejandro hablaba con una seriedad pocas veces vista, pero elegí creerle. Quería saber más de la bestia que aquejaba a mi amigo.
    
    —Encima es la segunda vez que hace algo cuando estás vos —dijo Alejandro preocupado.
    
    Al escuchar esto, fui yo quien se puso pálido.
    
—¿La segunda? —pregunté, intentando que no se notara mi creciente temor.
    
    —Si, la segunda.
    —¿Cuándo fue la primera?
    —Te acordás que hace unos años, viniste a casa a dormir y dijiste que mi perra te quiso atacar.
    —Si, La Pompis.
    
    La Pompis, era una perra pequeña de pelo blanco. Simpática y cariñosa, se alegraba siempre que alguien entraba por la puerta. Era el animal más tierno del mundo, pero esa noche, cuando quise cruzar la puerta de la pieza de Alejandro, obligado por la necesidad de ir al baño, me gruñó. Me gruñó de una manera que me aterró. Le chiste, pero eso solo provoco aún más su enojo. El gruñido se hizo más fuerte y corrí a refugiarme bajo las sabanas de la cama que había improvisado en el piso. No me animaba a mirar a la puerta que había dejado abierta. Y temí. Temí que la perra entrara y decidiera atacarme.
    
    Para mi suerte, la pequeña gata de Alejandro, que no veía hace mucho, apareció para hacerme compañía. Me tranquilizó con sus ronroneos, hasta que me quedé dormido.
    
    A la mañana, La Pompis volvió a ser la perra simpática y dulce. Y jamás me volvió a gruñir.
    
    —Si me acuerdo —respondí—. No sé cómo hice para aguantarme las ganas de ir al baño.
    
    —Bueno, Pompis dormía en la planta baja. Y la puerta de la escalera se cerraba —dijo Alejandro. Dejando que, con esa información, mi cabeza hiciera la deducción que para él era obvia.
    
    Me reí involuntariamente. Alejandro se percató que no fue una risa burlona, sino que estaba incómodo.
    
    —¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté.
    —Eras uno de mis pocos amigos y eras un pibe. No quería asustarte, pero lo vi todo. Vi la bestia al frente tuyo, intentando entrar y los tres gatos que los miraban desde la ventana de mi pieza.
    —¿Tres gatos?
    —Sí, vos creíste que fue mi gata Flora. Pero Flora había muerto hace un mes.
    —No me jodas —dije, bastante nervioso—. Te pregunte de verdad, no para que me tomes el pelo.
    —No te jodo. Había tres gatos. Cuando te acostaste, los tres te rodearon. Uno se puso al lado de tus pies, otro encima de tu espalda y otro te acariciaba la cara.
    
    Me quedé helado. Jamás le había dicho a Alejandro los lugares donde sentí a Flora esa noche. Como sentí que la gata parecía moverse a una velocidad increíble, ya que en un abrir y cerrar de ojos, la sentía en distintas partes de mi cuerpo.
    
    La lluvia había cesado. Ya era de noche, y el remis había llegado para buscarme. Me despedí de Alejandro y fui a mi casa.  
    
    Al llegar prendí la luz. Ordené un poco y luego me fui a acostar. 
    Dejé la luz del pasillo prendida.
    
    Alejandro me dijo que intentara no pensar en lo que habíamos hablado, que no intentara recordar lo que pasó.
    
    Fracasé.
    
    Entredormido, empecé a recordar lo que había pasado esa noche. Vi el rostro de la bestia que había atormentado a Alejandro durante toda su vida, y la bestia me miró a mí. con esos ojos grandes y profundos, con ese rostro que parecía ser una máscara de muerte.
    
    La bestia, abrió la boca emitiendo el gruñido que me había paralizado hace más de veinte años. Sentí el olor fétido y lo pude ver en su cuerpo perruno. Era gigante y se movía lentamente desde el pasillo hasta mi pieza, acercándose victoriosamente. Apoyaba sus patas que, al tocar el suelo, producían el mismo sonido que habíamos escuchado con Alejandro en el bosque.
    
    Quería despertar, pero no podía. Tal vez porque no estaba dormido.
    
    Un maullido interrumpió mi trance. Mi gata Mila había saltado a la cama, y me miraba. Miré al pasillo y para mi suerte se encontraba vacío. Había sido todo un sueño.
    
    Respiré profundo, y cerré los ojos.
    
    Mila se acurrucó en mi pecho y se quedó conmigo toda la noche.
    
    Dormí tranquilo al sentir el peso de mi gata en el pecho, sus ronroneos en mi oído y su calor en mis pies. 




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El Eterno Retorno

    Desperté nuevamente transpirado por una pesadilla que se hacía cada vez más recurrente.
    
    Prendí la luz de la pieza y me acerqué a la ventana.
    
    La vieja casa de los Urrutia permanecía en la esquina de la cuadra, y me preguntaba hace cuánto tiempo que estaba ahí, deshabitada con la fachada cayéndose a pedazos, pero siempre inerte al paso del tiempo.
    
    Desde que me mudé a la vieja casa de mis padres, mis inquietudes respecto a esa vieja casona empezaron a crecer y como si fuera una enfermedad, empezaron a afectarme.
    
    En mi niñez, por culpa de un desafío, me animé a cruzar el jardín y por unos segundos observé el interior de la casa abandonada. No recordaba bien qué era lo que había visto y jamás lo hablé con nadie. 
    
    Pero la sensación de haber presenciado algo maligno, regresó en el momento que volví a fijarme en ella.
    
    Los chicos del barrio hablaban mucho de lo que había dentro de la casa, pero creo que ninguno entró de verdad, apenas se animaban a pisar la vereda.
    
    Me resultaba extraño, pero al marcharme del barrio, toda leyenda alrededor de ese lugar se había esfumado, y al regresar, los recuerdos empezaron a volver, uno detrás del otro. Y así la vieja casa de los Urrutia volvió a tener esa presencia, tan imponente, tan siniestra y eso comenzó a afectarme.
    
    Comencé a hacer preguntas, y entendí que a los que vivían en esa cuadra no les gustaba hablar de ella. Pretendían ignorarla, hacer que no existía. Inclusive mi mamá, que se había mudado hace poco a la casa de su hermana, me cambió de tema rápidamente cuando intenté preguntar si en todos los años que no estuve en el barrio, jamás nadie intentó hacer algo con el terreno.
    
    —¿Me repetís el sueño? —preguntó Leandro y encendió un cigarrillo.
    
    Eran las once de la noche. Él había venido a cenar, y pocos minutos después de que le hablara acerca de lo que me estaba pasando, intentó ayudarme a su manera.
    
    —Ya te dije, en el sueño llevo una bandeja de plata hasta una habitación y ahí la persona sentada en un trono extraño me dice que deje mi ofrenda y me retire. Siempre obedezco, y al llegar a las escaleras escucho que gritan mi nombre.
    
    —¿Y cómo es esa persona?
    
    —No la puedo ver bien, pero tiene unos ojos rojos muy grandes y creo que el pelo de color blanco que le llega hasta la cintura. Y la voz, cuando da la orden, es grave, muy grave.
    
    Leandro me miró extrañado, y luego puso su gesto típico de psicoanalista, profesión que ejercía desde hace unos años.
    
    —Es todo sugestión. Siempre fuiste de obsesionarte con las cosas, y esta casa trabaja como catalizador. Es entendible, porque desde que éramos chicos que esa vieja casa nos daba mucho miedo, pero de verdad me parece medio boludo que te afecte tanto un lugar abandonado.
    
    —Gracias Freud.
    
    —Vamos, vamos ahora a enfrentarte a tu miedo.
    
    —¿Ahora?
    
    —¿Qué pasa? Sí, ahora. Dale, no seas cagón. Tenemos 33 años boludo.
    
    —Es inseguro, andá a saber si no hay algún tipo ocupando la casa y nos ataca.
    
    —De estar ocupada, vos no tendrías toda esta teoría supernatural.
    
    —Supernatural o no, ¿no te parece raro que nadie jamás hiciera algo con el terreno?
    
    —Tal vez está caro, tal vez a la gente de plata no le interesa hacer algo en este barrio. Más raro estás vos hablando todo el tiempo de eso, prefiero ayudarte a vivir tranquilo y que vayamos ahora para que puedas comprobar que ahí adentro no hay nada. Ni ocupas, ni nada.
    
    Por un momento pensé en discutir, pero él tenía razón. Jamás algo me había afectado tanto. La única manera de poder vivir tranquilo, era comprobar que en esa casa no había nada. Tal vez al darme cuenta que era solo un lugar abandonado, podría volver a dormir en paz.
    
    Leandro fue haciendo chistes hasta que llegamos a la entrada del patio de la casa. Ahí su cara cambió y dejó de sonreír.
    
    Contemplar la casa desde la vereda, con sus ventanas tapiadas, las rejas oxidadas y el pasto quemado que crecía dentro del terreno, provocaba que a uno se le helara la sangre, creyera o no en cuestiones sobrenaturales. Pensé en decirle que diéramos la vuelta, pero sin pensar lo agarré del brazo y comencé a caminar hasta la casa.
    
    Habrán sido veinte pasos los que separaban la reja de entrada de la puerta de madera entreabierta que parecía darnos la bienvenida, pero al mirar hacía atrás, sentí que la distancia que habíamos recorrido era mayor.
    
    —Che, tenés razón. Puede ser medio peligroso entrar a estas horas. Mejor vamos y volemos otro día —dijo Leandro girándose, pero lo apreté fuerte del brazo, pateé la puerta y entré arrastrándolo conmigo.
    
    La casa por dentro era igual a lo que había visto en mis sueños. El sillón grande y negro con jirones, un libro con hojas arrancadas en el suelo, junto aunas velas negras y una copa volcada.
    
    Como si la casa tuviera un sensor, al dar un paso dentro del salón principal una luz de color rojo se prendió en el primer piso, y juro que vi una sombra moviéndose por las escaleras, como si quisiera guiarnos.
    
    Leandro ya no hablaba, pero tampoco oponía resistencia alguna a mi agarre, así que subimos por las escaleras y nos encontramos con el pasillo.
    
    Las luces se apagaron, y en lugar de regresar sobre mis pasos, caminé en la oscuridad hasta llegar a la única puerta cerrada que había logrado ver antes de que la luz se apagara.
    
    Escuché el gruñido violento y ansioso. Solté a mi amigo de la infancia y me alejé lentamente, aunque no podía verlo, podía imaginarme su rostro cubierto de lágrimas y su cuerpo temblando sin poder moverse, sin poder escapar.
    
    Bajé las escaleras y escuché que pedía mi ayuda, al llegar a la puerta no escuché nada más.
    
    Desperté nuevamente transpirado por una pesadilla que se hacía cada vez más recurrente.





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